Cocinar con amor. Nada. Aquí estoy. Era eso.

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Hace algunas semanas me pidieron que diseñara un menú para celebrar el día del amor o de la amistad o como se llame.Dibujé sonrisas y en una alarde de egocentrismo pensé que era una oportunidad para destacarme. Me pedían una sola cosa en él. Sensaciones. Pensé que sería tarea fácil, “pan comido” pues. Pensé “ya lo escribo, hay tiempo”.

Pero pasaron tres semanas y yo sin poder escribir una sola letra. No pensé  (y he debido) “soy un engreído”. La verdad es que soy insoportable y hoy –justamente– me declaro incompetente en eso de producir sensaciones (las que yo quiero producir) en otros. Al ver que no podía escribir ni una sola receta pedí tiempo para pensar muy bien los platillos. Eso hice. Me senté a pensar por una hora. Pasaron dos. Luego un día entero, una semana y así llegamos al día de la cena, hoy.

Hacía mucho tiempo que no me ponía a pensar en nada. Y la verdad creo que eso es –por el contrario– pensar mucho. Pensar en cosas que no decimos porque nos parecen tan idiotas o tan poco importantes o tan exageradamente pretenciosas que ni nosotros mismos la asumimos como pensamiento. Nada. Es como terminamos llamándole a esos pensamientos. Nada. Pasé varios meses pensando –entiendo entonces que sí– en cosas importantes, cosas profundas y algunas, tal vez, de esas que parecen determinantes y sin referentes sensoriales ni descriptores.
Hoy pensaba prácticamente en nada y sentí miedo, mucho miedo, también rabia y deseo, tristezas y ganas de vivir, decepciones y alegrías, ganas de abrazar y de mirar a los ojos, sentí abandono, sonrisas de ojos, manos y caricias, reproches e ilusiones. Sentí lo que se siente en la barriga con un primer beso, sentí el sabor de los besos de las despedidas, sentí ganas de dormirme eternamente y también un despertar en sus brazos. Sentí su angustia, su confusión, su hastío, su distancia. Sentí, sólo sentí. Cuando llegó la hora de volver a pensar, pensé en cuánto tiempo he perdido y he invertido en pensar. He podido estar pensando en nada –que a ratos resulta mucho más productivo y otras, tal vez, menos doloroso– y sintiendo mucho más.
Finalmente aquí estoy, me lavé las manos por un buen rato, cerré los ojos y dejé que el agua se llevara la parte triste y reavivara las sonrisas.
Aquí estoy, construyendo mis platos directamente en los fogones, tomando como referencia solamente mi sentir, recordando esas sonrisas. En este instante hay fuertes latidos, fuego en las hornillas, aromas que me recuerdan esa crónica de mi futuro, mis ganas de dejar que la marea baje, mi deseo de sentirme amado, mi sonrisa a medio sonreír, mi traje de pirata, mi canto de sirenas, mi amor (con una sonrisa), mi regalo no entregado: esa pequeña moleskine de cuadros dibujada y escrita para ser entregada en sus manos, mi llanto reprimido y mi carcajada por develar.
Aquí estoy, haciéndome cargo de la distancia y cocinando desde el amor más puro y honesto que tengo, desde mis recuerdos y mis certezas.
Feliz día del amor.
Era eso.
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