Como si saliera el sol

Home / Recetas / Como si saliera el sol

Nací en un barrio pobre, donde también vivían ricos, aunque pobres. Unos pobres ricos. Vengo de una familia dividida y signada por dos culturas diferentes pero tenían en común la –espontánea– premisa de conservar el don de ser. Mi padre, Porfirio Garcés Férgusson fue (y es), sin dudarlo un instante, el hombre más honesto, humanista e íntegro que conocí en la vida.

Mi madre, Maigualida Marchand Herrera, es una mujer de tesón, de foco, de principios familiares, de compromisos. Puede que tengamos visiones distintas de la vida, pero es una mujer encantadora y honesta. Eso he aprendido de ellos. Cualquiera que conozca a mi familia lo sabe, lo vive. No digo que son perfectos, no, digo que somos una familia de valores, de principios humanos. No veo otra manera de comprender la vida.

 

 Siempre fui un niño pacifico en extremo, callado en demasía, observador acucioso, pensador, pero sobre todo fui un niño flojo.

 

Jamás me gustó trabajar, ni hacer deportes, ni bañarme, no quería que me mandaran a hacer las cosas, me caía pesado tener que estudiar, peinarme, combinar mi ropa, ir a visitar amigos de mis padres. Sólo me gustaba hacer tres cosas: leer, oír música (y soñar que era yo quien la interpretaba) y escribir.

Escribía todo. Mi escuela, después de mi papá fue Free López Rivas, un amigo arquitecto que se especializó en proyectos sociales. La idea de tener un programa de radio la escribí con detalles de lo que quise. Casi 16 años más tarde, el programa salía por una radio barquisimetana y se llamó “Arte y coma”, lo hice junto a Jeysa Villalón, curadora de arte. La idea de grabar un disco fue escrita como un sueño de infancia, reforzada con el ímpetu de la adolescencia, asentada con la calma de la madurez y recientemente lo grabé, “Rojo” es el nombre que le di a este álbum doble. Una parte de mis entrañas quedó grabada allí, con mi voz desgarrada, mis dolencias y mis sentires vivos. Sólo una persona –hasta ahora– lo ha escuchado completo y tiene el único original que existe (incompleto, le falta un CD) lo que si se es que lo hice con todo el amor del mundo. Escribo cartas que atraviesan el mar, otras volátiles.

Mi emocionante idea de fabricar un carro en casa tuvo dos colaboradores, mi tío Joel y mi tío Fruto. Esto tardó más de diez años también. Escribí mi sueño de tener un bar, aun no lo tengo. Mis ganas de tener una marca de franelas con diseños propios, ya está andando. Siempre llevo una puesta. Mis ganas de hacer una organización estudiantil pensada y diseñada para estudiantes de publicidad que apoyara el desarrollo de ideas en pro y beneficio de una sociedad mas justa, la escribí. Esta organización existió, fue protocolizada en 1994 y se llamó “Fundación para la formación del publicista”, conocida como “fundación E-84”. Soñé con, algún día, escribir un libro, y justo ahora lo he terminado, “Hojas de menta” se llama, y nació de mis pulmones, fue parido del mismo vientre sangrante-rojo que dio vida a canciones y fotografías, frases religiosas, mantras, rezos, conjuros, sonrisas, maleficios, deseos, deserciones, decepciones, rabias, rechazos, reencuentros, despedidas, arboles, frutos, aromas, platos. Escribo, en él, mi futuro también. Eso, además, aprendí. A hacer un rápido boceto de lo que quiero y converirlo en realidad. Creo que finalmente para eso escribo. para construir mi destino.

Mi papá me leía poemas de Whitman, de Miguel Hernández,  García Lorca, Alberti, Aleixandre, Juan Ramón Jiménez. Estaba profundamente  influenciado por esa inquietante generación del 27, me influyó a mi también y dio paso para encontrarme con una saga de escritores latinoamericanos como Huidobro, Antonio Machado, Neruda, Vallejo, Benedetti, Carpentier. Esa fue mi semilla. Con ella llegue a otros tantos, Borjes, Cadenas, Servando, Hugo Fernández, Parra.

Me cantaba canciones de Víctor Jara, de Silvio Rodríguez, Ali Primera, Cecilia Todd, Vicente Feliú, Los Chalchaleros, Violeta Parra, Piero, Mercedes y también me mostró el mundo de Dalí, de Picasso, Rembrant,  Chagal, Mirò, Velásquez, Goya, Monet, Polock, Lichatentein, Reveron, Bárbaro Rivas, Rufino Tamayo, Botero, Jacobo Borges, Blanca Franco, Villalón, Chirino y las líneas traviesas de Soto, de Cruz Diez.

Es el mundo que conocí. Nuca me mostró el maltrato, ni la prepotencia, ni la falta de una sonrisa, ni la superioridad como medio ejercicio de poder. Nunca lo vi maltratar a un mesonero “porque yo estoy pagando”, ni a las señoras de servicio de la casa. Eran de la familia. Tampoco me enseñó las finanzas, ni la cobardía (aunque a ratos sufro de miedos), no aprendí la hipocresía ni la doble cara, tampoco la profeso. Es probable que me falte precisión, determinación al momento de expresar mis ideas o desacuerdos, pero no creo que me oigan diciéndole a alguien en su cara algo distinto a lo que pienso. No me escucharán, tampoco, hablando mal de la gente, de seguro emitiré mis opiniones, claro está, pero vendrá acompañado de cuidar delante de quien lo digo y en qué momento. A la gente que no quiero, las que no me caen bien, sólo el saludo y en algunos casos ni siquiera eso. No me verán hablando con ellos. Mucho menos extendiéndole mi mano. Pero puedeque el mundo cambie. Ya lo he vivido antes.

No quiero en mi vida a personas que quieren hacerme (y hacer a otros) daño. No las quiero cerca. En ningún ámbito. “Deje quieto al que esta quieto”. Eso aprendí.

Conocí la cocina como una consecuencia del amor de mis dos abuelas, Australia Férgusson (tata) y Margarita Marchan (guita). De mi comida diaria fue eso lo que recibí, amor. Comencé a cocinar luego de haberme caído un montón de veces, ¡un montón! Y qué coñazos me di. Así mismo alimento a mis comensales. No cocino por quedar bien con alguien, ni por demostrarle a nadie si mis platos son más bonitos o más sabrosos o más originales que los de otros. Cocino porque quiero que mis comensales sonrían, quiero que se sientan bien, porque quiero que lo disfruten, que sientan lo que está detrás de cada ingrediente, que recuerden lo delicioso que es comer, sentarse a comer. Por eso me da miedo cada vez que cocino. Quizás no es miedo la palabra que debí usar, podría ser angustia. Eso es, me lleno el pecho de unas ganas enormes de que todo salga bien, porque eso es lo que quiero. Quiero estar bien. Quiero que estemos bien.  No entiendo las relaciones que se plantean para estar mal, y esa no es mi manera de relacionarme con las personas, no me gusta eso,  aunque –a veces– termine estando todo mal. Se tornan conflictivas, llenas de dudas, deudas, inflexiones, criticas y desconfianzas. No es lo que quiero. Me detengo y vuelvo a comenzar. “Sentir, soltar, sonreír” es así que me enseñaron.

Me equivoco a diario y a pesar de la rabia o la frustración que pudiera sentir también sonrío. Lloro. Corro.

Vivo mi vida tratando de hacer lo correcto. Muchas veces lo correcto no es lo debido. Entonces término –a veces– por no hacer ni lo correcto, ni lo debido y otras, haciendo lo que no debo.

 

He defraudado a mucha gente, no a cualquier gente, a mis amigos, mis amores, mi familia, pero también he contribuido con su felicidad.

 

He perdonado a muchas personas, incluyéndome, porque después de todo, tal vez seamos amigos.

No soy jugador, no me gustan las apuestas ni el azar, ni las drogas, ni el prozac, ni las consumo, quiero mantenerme alejado de agentes distractores. Pierdo el foco con mucha facilidad, lo retomo con esfuerzo. Me gusta hacer un plan y aunque ciertas cosas las dejo a la dinámica de la vida, prefiero moverme por territorios conocidos. Si tengo que comprometer mi fe, lo hago orientado al bienestar, aunque termine envuelto en la mierda.

Hay situaciones que ni entiendo ni acepto. Se dice que la clave es soltar, aceptar. Yo aun no evoluciono. Así que con toda humildad bajo la cabeza y, como dicen los cristianos, “que sea lo que Dios quiera”.

Intento dar lo mejor. La verdad es que no hay mejor, simplemente hay lo que soy, y soy, precisamente, un hombre silencioso que grita con todos los medios (de por medio) a quien ama. Hago llegar mi mensaje sin importar cuántas lunas y cuántos ríos deban navegar mis letras para que esos ojos la vean, son ojos atentos. Hago volar las canciones por todos los mares y que den la vuelta al mundo para decir lo que quiero a viva voz. Pero siempre es una voz callada. Sin testimonio.

Vivo esta vida y en ella muero. Como esperando abril. Como si viera la bruma que entristece. Como si saliera el sol que me da vida. Como si llevara un tatuaje. Ojalá que salga el sol.

 

Foto: Luis Cobelo

Related Posts
Comments
  • El gabo ball

    “Me gusta hacer un plan y aunque ciertas cosas las dejo a la dinámica de la vida, prefiero moverme por territorios conocidos. Si tengo que comprometer mi fe, lo hago orientado al bienestar, aunque termine envuelto en la mierda.” Comienzo citándote a ti mismo porque me encantó ese fragmento.
    Poco leo últimamente a pesar de esto cada vez que públicas algo como esto me quedo pegao y no puedo soltar la lectura hasta llegar al final.

    Gracias por compartir estas cosas con quienes te estimamos, o no, Jejejejejeje un gran abrazo mi pana pocho…

    Elgaboball

Leave a Comment