Cruz-Diez y Papa-Cien (versión extendida)

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Hace varios meses mi hermana Isabella Saturno, editora de la revista Arepa en Venezuela, me dijo que harían una edición homenaje a Carlos Cruz Diez, artista plástico venezolano y de los más grandes exponentes del arte óptico en el mundo. No me parecía sencillo lo que ella me pedía, escribir un ensayo gastronómico homenaje a Cruz Diez. Entonces ocurrió el milagro. Hace casi un mes que escribí la versión extendida. Hoy la publico en mi blog.

Me puse de espaldas a la ventana pues la claridad del día me cegó un poco. Esa tarde yo escribía un ensayo sobre sabores étnicos y cosmovisión pero no lograba concentrarme, estaba –lo confieso– muy disperso.

Algo terriblemente bueno debía estar pasando en mi vida que no podía tan siquiera ponerme serio, sólo una suerte de sonrisa idiota se notaba de mi.

 El reflejo de la ventana en la pantalla de mi portátil también me cegaba así que –inquieto– me levanté a bajar la persiana. Era una esterilla de bambú tejida con hilos de pabilo que se arrolla en la parte de arriba del umbral.

Al  desenrollarla se produjo un efecto lumínico impresionantemente hermoso delante de mi. Eran planos seriados horizontales repetidos de manera uniforme. Hacia el lado del jardín se movían, lentas, las largas y grávidas  hojas de la palma que también eran atravesadas por la luz y dibujaban sus vértices en la persiana por efecto de la sombra. El color era indivisible, casi objetual y al mismo tiempo desprovisto de toda lógica espacial. Op Art, eso pensé. Un instante cromocinético producido por la naturaleza. Era de esperarse que siguiera sonriendo, sólo que sin respiro. Cuánta fortuna poder ser testigo de esa obra de arte que, por instantes, tuve como activo de vida y como fe de sentir. Me volteé  y descubrí que todo mi estudio era un mundo de ilusiones ópticas, un paraíso de luz y sombra y pareciera que finalmente eso es lo que somos: luz, sombra, pero también somos movimientos, acciones, decisiones. Somos lo que hemos decidido.

 Carlos Cruz-Diez lo sabe, entiende que la naturaleza nos provee de todos los inicios. Ha asimilado que los momentos son obras de arte y que los instantes se hacen perpetuos en el recuerdo. Venezolano inquieto éste, vagabundo y soñador, irresponsablemente responsable de que yo tenga otra percepción del color en mi vida, entonces mandé al carajo la semiótica, mis referentes gustativos salieron a la calle en búsqueda de sensaciones táctiles.

El color no tiene memoria, ni el sabor, ni el olor. Pero mi memoria los contiene a todos ellos.

Entonces, abandoné ese momento religioso y corrí a la cocina a preparar mi platillo de la noche homenaje a Cruz-Diez: Papa-Cien. Jamás había puesto nombre a un platillo, pero esto es otra cosa. Fue necesario poner música. Tomé una que me diera parámetros rítmicos cortos y me sugiriera colores cálidos. No dudé en buscar “I Fell Off My Name” de Faded Paper Figures.

Corté papas en rebanadas de 3mm de grosor que luego convertí en sticks de igual proporción. Todos tenían 5 cm de largo y 3×3 mm. Así mismo, corté zanahorias, remolachas, apio, batata rosa y yuca. Los llevé –por tipo– a la freidora durante unos segundos para darles cocción y textura. Luego los junté todos, puse sal y pimienta y los presenté en una bandeja negra. Comencé a jugar con los colores, colocados todos en un misma línea horizontal. Mi idea era preparar salsas y dips para hundir estos palitos crocantes, pero decidí –simplemente– comerlos así y dejar de lado la lógica gustativa.

 Vivo en un paraíso sensorial, así, con mis alegrías, mis miedos y tristezas, con mi Julieta, su Romeo y su buda, con mis hojas de menta marchitas y las que retoñan, mi tatuaje olvidado de un chacra, mi sala de espera con revistas, mis certezas, mis decepciones, mis despedidas, mis fracasos, mis éxitos, mi hastío, mi nueva vida, mis letras, mi sarta gemela de 108 cuentas y mis plegarias –por ella– cada noche, mi paladar, mi oído desgastado, mis cicatrices de piel y algunas cervezas.

A veces sueño con visitar la fabrica de las emociones, las calderas del color, las tanquetas del aroma y la cámara del placer. Miro una obra de Cruz – Diez y siento que ya he llegado a ese lugar.

 

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Comments
  • maritza rincon

    uaaaaaooo¡¡¡¡

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