De sabores, aromas, recuerdos y sentires

Home / Recetas / De sabores, aromas, recuerdos y sentires

Una mariposa violeta se posó, arriesgada y temeraria, sobre mi mano (apenas un segundo después de llevarla a mi boca) justo cuando comía ese caramelo de miel de rosas con flor de sal, relleno de queso cremoso y pimienta rosa. Fue inevitable parar de masticar para ver los colores de la mariposa. Quedé envuelto en un instante muy -particularmente- erótico. El terciopelo, en boca, del queso lo comparaba con la delicada ala de mariposa, con una piel de mujer poco expuesta a los vientos. La intensidad del recuerdo floral (en boca y retrogusto) de la miel de rosas me llevó a unos verdes prados surrealistas imaginando el violeta -casi lavanda- sobres flores amarillas, blancas y rojas, me envió de vuelta a esos brazos cálidos y al aroma de su cuello, me dejó en mitad de los campos abejeros, desnudo, con los brazos abiertos, los ojos cerrados recibiendo el calor del sol. Dejé de ser -por un instante- nocturno. La mariposa continuaba –valiente- abriendo y cerrando lentamente sus alas sobre mi mano. Yo seguía –absorto- intentando entender por qué yo asociaba de manera tan directa la pimienta rosa con las mariposas. Sería por causa de un aroma tan delicado, único y sensorialmente sin referentes. Como un cuadro de Chagall. Como un concierto multicolor.


Siempre ha existido en mi mente una conexión inexplicable entre colores, sabores y sensaciones. Las más de las veces, elaboro platillos que nunca he probado antes, sólo porque al pensar en la combinación de sabores, extrañamente, me parece ver una paleta de colores y experimento ciertas sensaciones corporales como salivación, pestañeos, pequeños movimientos musculares involuntarios, ciertos estremecimientos, a ratos podría respirar mas corto, puede haber taquicardias y algunas veces escalofríos.
Confío plenamente en la ecuación formada a partir de la Paleta de colores + sensaciones a ojos cerrados + mis referentes gustativos + la intención de conquistar el paladar del comensal. Aunque otras veces siento el temor de no entender mi propio mensaje, puede haber colores que no distingo, o formas demasiado etéreas. Es allí cuando me levanto a elaborar el platillo para mi, hago pruebas una y otra vez.
Me parece que es tiempo de quitarle a mis manos su profundo silencio y hacerlas sentir lo que yo en cada recuerdo.
Mi abuela “Tata” usaba todos los derivados de la leche en miles de sus platos, precisamente eran esos los que me daba en alimento. Mi cena más recurrente era una sopa de suero con miga de arepa, queso rallado, aguacate en trozos y algunas veces un huevo frito. Yo me sentaba en la mesa, siempre en el mismo puesto. Por eso siempre veia el mismo cuadro (de tonos sepia) del viejo y su taza de peltre, la misma gaviota rosa y blanca pendiendo de un nylon, la misma foto de mi tío Servando con su boina negra, el retrato a grafito de mi abuelo Antonio, a quién nunca conocí pero lo supe en mi sangre desde siempre; veía el mismo póster de los “zapatos de mi conciencia” de Alí; el mismo vaso con olor a parchita y los mismos perros ladrando en la casa de enfrente. Aunque nunca fue la misma noche, cada una era distinta, la veía caer cada tarde una y otra vez.
Hoy es imposible dejar de sentarme en esa misma mesa cada vez que mi nariz pasa cerca del aroma del suero y evoco los colores sepia y rosa, y vivo a mi niño de nuevo. Con el suero ácido me encuentro de frente con mi padre en todas las escenas posibles en las que -juntos- comíamos suero con galleta de soda y queso parmesano. Él preparaba el mejor suero del mundo en una tapara y era especialmente dedicado al cuidado del cuajo. Es como mis huevos rancheros, me transportan a la cocina de mi tía Ruth y me regresan a Buenos Aires. Así como el pan de Tunja relleno de almíbar de guayaba con queso blanco y Coca-Cola, me deja prendado -sin escapatoria- de Las fronteras de Lara, donde sea que yo esté. Como esos besos con chocolate, esos tintos sin zapato.
Llevo en mi boca una paleta de sabores, cada uno de ellos asociado a una variedad de aromas y junto a estos, a su vez, una cámara captando todos los bocetos del momento, los que se hacen recuerdo y se volverán fantasías realimentadas y luego serán nuestra maquina del tiempo, entonces viviremos de nuevo una vida entera en un segundo.
Recuerdo el Bacardí 18 años el día que me hice amigo del Gabo una madrugada en Santiago de Cuba. El litro de cervezas del día que conocí a Carlos Varela en la Habana. La infusión de Toronjil que me prepara Cecilia para poder dormir. La arepa pelada que traía Ali para la casa, como el pollo de miel y soya de Gunilla que lleva y trae a Sanare. El dulce de icacos, el chocho e’vaca, la urupagua, el cocuy de Pecaya, los pasteles de la parroquia, el Carpaccio marinado con balsámico, la torta de tres leches, las cachapas con queso de mano (literalmente tomados con la mano), los palmitos de lata, el café mañanero de pillo, la miel de Aguero, el manchego, las fresas, el cardamomo, la canela, el chawarman, los chinchulines, los frutos del bosque, el Túpiro, el curry en mis manos eternamente, el humo en mi cabello.
Pero además recuerdo todas las promesas que no prometí y las que no cumplí. Los besos que me perdí, los bofetones que me gané. Todo esto con sólo un aroma, un sabor y ésta, mi boca.
Esto es lo que se siente.
OBRA: “EL CONCIERTO” MARC CHAGALL

Related Posts

Leave a Comment