EL color y sabor del oriente venezolano

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cumana

 

El oriente de Venezuela es mucho más que lo que normalmente conocemos los venezolanos, Margarita y Puerto la Cruz, es aun más que minas, petróleo y gas, más que simple energía. Oriente, podría decirse, que representa el comienzo, el principio de nuestro continente.

Cumaná fue la primera ciudad de América, fundada en 1521 por los españoles, aunque cuentan que ya estaba poblada desde 1515 por misioneros y frailes franciscanos. Era, por supuesto, notoria su influencia en la cocina del lugar. El convento fue destruido por los indígenas y los frailes desaparecieron. Este hecho evidencia la resistencia de un pueblo entero, una realidad cultural y étnica que no ha permitido que muera la comida tradicional, la autóctona como el casabe, la galleta en Caripito, la bola’e platano, el cuajao’e chucho o de pepitonas, la cachapa de maíz, la naiboa.

Ese espíritu de resistencia, esa energía que conserva nuestras recetas recorre nuestro oriente desde los rincones más escondidos de Nueva Esparta hasta tierra firme en Puerto la Cruz, Cumana, Barcelona, Paria, el Tigre, Anaco, Cantaura, Caripe, Caripito, Temblador, Quiriquire, Maturín, la mesa de Guanipa, Macuro, y muchos otros.

 

“Oriente es la tierra donde amanece más temprano y a las seis ya los paisanos se regresan de la mar alegres, pues el peñero viene cargado de peces y un pájaro hace las veces de guardador nacional”

Henry Martínez, compositor venezolano lo dice con toda seguridad, lo asienta, pues las principales zonas pesqueras y procesadores de pescado del país están en Paraguaná y Cumaná, de allí la riqueza en platos del mar, por eso la fama del mojo de cazón, ingrediente principal del pabellón oriental, la rueda de carite, de lisa, de catalana.

Es de mucha importancia cultural las recetas y preparaciones que, según la gente de los pueblos, suben la libido, como  el “vuelve a la vida”, “rompe colchón”, “siete potencias”, los famosos cocteles de mariscos, de pepitonas, camarones y ostras, platos que también pertenecen al resto de la costa caribeña.

La historia de nuestra tierra entra por los sentidos, por nuestras pupilas. Somos capaces de llegar al principio de las leyendas porque entendemos y sentimos  lo mismo que sus protagonistas sintieron al comer unas huevas de lisa, el botuto, la madre perla, la kigua o un sancocho trasnochao.

La gente, lo más importante del oriente, por eso las caraotas son dulces, las morcillas, porque lo llevan en la sangre, como la conserva de coco y piña, el Juan sabroso (dulce de coco y batata), el dulce de lechosa seco, el mapuey morado, la jalea de mango pintón, el majarete y el arroz con coco.

Igual pasa con las frutas, la piña de oriente es la más dulce, el jobito, los titiaros, el coco, la ciruela de huesito, el mamey, caimito, mararabe, el merey, la sarrapia, el pan de pobre y los mangos.

“…y es que en Oriente, mi hermano, la mar tiene otro color, el amarillo del sol es un poco azafranado, el aire es menos pesado y la luna es una flor que perfuma -con amor- a quién está enamorado…”

El Oriente venezolano tiene color y tiene también sabor, y un olor a pura vida que, precisamente, viene de la gran variedad de especias que se encuentra en esta zona. Durante siglos, Venezuela, desde el Oriente, ha mantenido relación comercial popular (no oficial) con la república de Trinidad (compuesta principalmente por la isla de Trinidad y la isla de Tobago).

La mezcla cultural-racial de Trinidad era muy interesante. Estaba conformada por españoles, ingleses, neerlandeses y franceses, pero trajeron a miles de esclavos africanos y muchos trabajadores de la India, aumentando con ello la variedad y calidad de la gastronomía, características que nos ha influenciado enormemente, de allí provienen platos criollos como el chivo al tarkari, que no es sino un estofado de chivo con curry y coco, el calalú de Paria que se come también en otros lugares del Caribe, pero sólo en oriente lleva quimbombó.

Córcega, isla italiana (en realidad italo-francesa, mediterránea en tal caso) tiene las manos metidas hasta los codos en la península de Paria. De allí llegaron miles de colonos a trabajar el cacao. Con ellos llegó el corbullon de mero y tal vez otros platos, que hemos asumido y abanderado como nuestros.

“En la playa las mujeres, buenas mozas y sonrientes, hacen monerías decentes por rebajar al pagar un jurel, dos corocoros y una hermosa catalana comienza así la mañana bajo un cielo singular”

Y si quieren comerse un buen sancocho, pregúntenle a Gualberto Ibarreto!

Buen provecho!!!

 

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