El destiempo, el revés y mi cordón umbilical

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Mucho se dice del “destino”, de lo que nos corresponde vivir. Poco se habla de cómo lo vamos construyendo. Y son -finalmente- nuestras acciones las que nos hacen llegar a el.

Amar a destiempo no significa haberse equivocado, o entregar a quién no debes, mucho menos estar en otra dimensión temporal.

Contrariamente, es amar (así con el alma, cuerpo y mente enteros)  la mayor expresión del ser, de esa unidad humana que se genera cuando te ves de frente con esa persona benefactora de tu amor. El destiempo es una iniciación al futuro inminente. Amar antes del momento preciso lo hace -felizmente- aun más exacto. Estar vivo supone seguir viviendo, mucho mas allá del desenlace final que propone la muerte. ¿Es acaso la muerte un final?. El cuento no se acaba hasta que se acabe.

Somos día y noche encapsulados en una misma piel, somos lo bueno y lo malo, lo llano y profundo en las mismas aguas, la sonrisa y la desgracia de estar triste en una misma palabra, la cicatriz y el escarpelo, la sutura y lo intocable de la materia, lo profano y lo divino, lo sagrado y lo mundano, lo pagano y lo “cobrano”. Somos. Eso somos. Desnudarse y mostrar el revés es lo antinatural. El revés es lo que no vemos, es nuestra espalda con dibujos en tinta mágica, es la parte de atrás del espejo, es el silencio contenido en la voz, es lo que queda por decir. A veces, sólo a veces, vivimos nada más mostrando el lado oscuro, como yo, queriendo ganar la batalla con la mascara de la luz. Intento mostrar lo reluciente,  pero no lo consigo.

 

Si tuviera un martillo golpearía con toda fuerza mi rostro tallado. Pero eso no cambiaría a mi corazón, que está intacto porque ha sido tocado por el dedo de un ángel con aroma de azahar. No hay antifaz allí. Aunque lo parezca.

 

Este pecho tiene espacio en el lado izquierdo y una masa densa del derecho. Doy lo que soy, así con mis miedos y mis personajes. Pero todos, son la misma persona y me llevan al mismo lugar, a sentarme en la misma estación en días lluviosos a ver pasar el tren, y existe un hilo de plata invisible que es mi cordón umbilical con la sangre oxigenada que alimenta mi alegría y al mismo tiempo me hunde en la soledad. El amor no sabe sólo de entregar, por eso es posible, porque recibe y se crece, se alimenta y cambia de color. Unos días es verde, como la hierbabuena, otros, se torna de un violeta vegetal firme, a ratos es rojo fuego y otras más es del color de la línea que separa al mar de los cielos.  Me gusta cuando es multicolor, pero siempre tiene forma de corazón. Ahora, ¿Qué hacer con este amor? Dejarlo ser, me respondo.

 

Se puede estar feliz y triste al mismo tiempo. Se debe. Equilibrio. Ser.

 

Otra cosa es el merecimiento. Digo estar seguro de que lo que tengo me lo he ganado, lo bueno y lo malo (justamente o no), mis acciones lo han determinado así, pero a veces me siento a dudar y en una crisis de altivismo creo merecer más, otras veces, subestimando, decido no continuar intentando y a ratos (las menos de las veces) mi parte altruista me propone dar desmedidamente al costo de mi propio amor. Pero jamás me detengo, aunque lo intente. Esta es mi lucha entre lo que llevo dentro y lo que me espera fuera.

 

Entender el destiempo, entonces, en mi humilde parecer (y miento en esto de la humildad) es asumirnos “in love”, y desde allí, desde ese amor, todo es posible, hasta perder lo es y aunque se dibuja una paradoja, eso, perder, también es ganar.

 

Una vez más, bajo la cabeza y me declaro un humilde (y ahora no miento) mensajero del amor. Estoy de brazos abiertos y sonriente. Creo en el devenir como una forma de ver lo soñado. Creo en el porvenir por venir. Creo en mí y creo en lo que digo como mi palabra empeñada.

 

Hoy me prohíbo hablar de cocina, pero hablo de lo que la hace posible. Vivir. Aquí estoy, y aquí me quedo.

 

Expresar lo que siento no cambiará mi entorno, pero lo hace más liviano. Aquí no se escribe nada entre líneas.

 

Sonrían, viene la foto.

 

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