El vino, jugo de Dios, fruto del hombre

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Cuando pienso en vinos, en un vino, pienso en una cepa, luego me hago un paseo por otras, y otras y otras. Sin entender cómo ocurre, sólo pienso en un sabor, en el recuerdo de una sensación en mi boca, pienso en cómo se transformó en algo mucho más corporal, algo de piel, de boca, puede que en ese momento salive un poco. De seguro pienso en un instante de recuerdo congelado por el aroma de un vino, en la música que oía entonces, en los ojos que fijaba, en la textura de esas manos. Pienso en las etiquetas modernas que se han quedado en mi memoria, muchas veces imagino los procesos creativos para llegar a ellas, las discusiones planteadas entre lo “clásico” del vino y en las razones de mercado que nos exigen cambios.

Pienso en los viñedos y toda su gente, en las historias de fantasmas que se esconden en las vides, pienso en las tertulias nocturnas que relatan esos cuentos con niños que se esconden tras las piernas de sus padres. Pienso en el fantasma mismo. Pienso en los cambios del clima, en toda la angustia del trato de las vides. En la alegría y logística de las podas, las vendimias. Pienso en el roble, en los años de riego de esos árboles inmensos, imagino el proceso de corte y manufacturado para convertirse en tablillas, que luego serán barricas con una técnica ancestral de ensamblaje. Pienso en las millas de recorrido de esas barricas hasta el sitio donde se llenan de vino. Pienso en la bodega, en toda la economía que las sustenta, en la tecnología que descubren, que modelan y que usan.

Lo mas impresionante es que después de pensar en todo esto ¡todavía no tenemos un vino!

 

Pienso tanto en el tiempo que corre cuando comienza la sola idea de hacer un vino, es un reloj de arena que se voltea en cada vendimia y deja caer sus últimos granos cuando finalmente sale al mercado. En verdad pienso mucho.

 

Pero cuando tengo un vino en mi copa ¡siento! Algunas veces -y esto casi nunca me ocurre- logro percibir el universo de su complejidad, asimilo los años de historia para llegar a él. Comprendo su estructura, que por simple que en algunos casos pueda parecer, supone el esfuerzo de miles de personas de diferentes edades, visiones, generaciones, oficios, religiones, estado civil, sexo, raza, nacionalidad, pero todas -eso si- dedicadas a lograr que hoy, este vino, pueda estar aquí en mi botella.

 

Siendo honesto, yo no se nada de “vinos”. Me gusta cuando las personas me preguntan si he probado determinadas marcas de fama. Yo confieso que al principio me produce cierta pena decirles que “no”, más por sus caras de decepción que por develar mi ignorancia, pero me gusta cuando ocurre, y me gusta porque el vino no se trata sólo de marcas, ni de precios, ni de técnicas, de procesos sino de disfrute, de placer. Y de esto si puedo hablar con propiedad.

 

El Vino es el jugo de Dios. Cuentan que el primer vino se hizo por obra de la naturaleza, desde el mismo momento en que una uva o jugo de ellas se fermentó. Desde entonces, El hombre ha trabajado día y noche para que nosotros, los hedonistas, vagabundos, sibaritas, enófilos, melómanos, similares afines y conexos disfrutemos, nos entreguemos, sintamos placer tomando una copa de vino. Voy a por un Zinfandel o por un Amarone!

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