Designios y sabores del camino

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Cosa curiosa esta. Antes moría por entender el pensamiento humano, como si fuera –yo– una hoja de tártago. Pude haber pagado (y lo hice) por saber cómo se conecta una idea con lo que la hace posible o cómo pudo ocurrir que el pensamiento se hiciera corriente y –quizás– común, quise comprender qué llegó primero, si fue el amor o la nostalgia, si la rabia es un simple antónimo de la alegría o es un autentico padecer de demonios en flor, si la pasión nos mueve por supervivencia o si el movimiento llegó para combatir la desidia. Si vine para hacer algo o para conocer a alguien. Pues ya no me importa qué carajo me trajo aquí ni cómo es que funciona la dinámica.

 

Aquí es en dónde estoy, como dicen los pensadores que leen a Robert Fisher “aquí y ahora”.

 

Hubo un momento de mi vida en el que trabajaba muy duro, todos los días, hacía de todo: cocinaba, pintaba, tocaba en un bar de carretera, dibujaba planos, hacía organigramas, diseños de jardín, grullas de origami, papel artesanal, curaba exposiciones, corregía tesis, hacía portadas para una editorial, revelaba placas de Rayos X, escribía para dos periódicos subversivos, daba de comer a los perros de la vecina, cobraba por escribir cartas de amor para otros, conquistaba mujeres ajenas y pescaba soledades mortales, jugaba ajedrez los días libre y doblaba mi voz mientras cantaba Cerati. Siempre pensé que trabajaba con amor, pero –ahora que lo miro bien– no era así. Lo hacía con desidia y por inercia.

A eso me sabían todos los bocados de las paradas del camino, a esa inercia. A necesidad. A búsqueda. A exploración. A método científico. A confirmación de vida. Jamás hice nada porque me diera la gana o por simple placer. Era un trabajo. Luego, para mi pesar, entendí que realmente trabajaba en el negocio del placer. “Está bien mientras los otros se sientan bien”. ¿Y qué mierda importan los otros?, llegué a pensar. Eso hacen los payasos, los músicos, los cocineros, los masajistas, comediantes y pare usted de buscar y de contar. No era fácil aceptar eso, no podía andar diciendo “trabajo en el ramo del placer” porque no quería que se interpretara como “el ramo de la moral perdida”, aunque me gusta deshacerme de esa moral de rato en vez. Me di cuenta que desarrollé la capacidad de dar una respuesta automática que incluía una falsa sonrisa de fotografía cuando escuchaba esa pregunta necia:

–¿y tú… qué es lo que haces?
–mmm… nada
–sí yo se que cocinas, no te ofendas, pero ¿cual es tu especialidad?
–mmm… no tengo especialidad, más que hacer nada.
 

Nunca me he preguntado si la gente sabrá que lo que dije es cierto o si lo dije con ironía, con mofa o fue un simple acto de rebeldia necia, pero –estoy seguro– no ha de caer bien esa respuesta.

 

Sorprendentemente he hecho muchas cosas en mi vida y gracias a ellas, a esas cosas, supe que jamás moriría. Que soy inmortal. Inmortal hasta el momento en que muera.

 

Cocinar con amor, escoger ingredientes pensando en esa sonrisa que –me gustaría estar seguro– voy a dibujar en esa cara ajena a la mía ha dejado de ser oficio, es ahora mi autosatisfacción, al menos parte de ella. Me rio poco. Sonrío sólo cuando trabajo y lo hago porque corro el riesgo de que no me paguen. Pero eso está mutando, me descubro a diario sonriente y medio gafo, he venido aprendiendo que vivir es reconfortante, más de lo que creía, que “hacer” es divino y dejar ir lo que no te hace bien es aún más sabroso, despertar más temprano que de costumbre, pensar y ejecutar proyectos para lograr otros más adelante. Aprender. De eso parece tratar esta vida (lo digo como si supiera de qué va). Entonces he vuelto a sonreír, a escoger ingredientes –por su tamaño, nombre o color– en los mercados, aunque no exista comensal. Además tengo varias semanas coqueteando con la idea de viajar por placer, de buscar un destino y encontrarlo.

Así funciona la magia, en eso he pensado, pero la palabra que me gustaría usar es “designio”. Decidir que quiero viajar es ese motor que enciende mi voluntad, pues tengo el propósito de llegar a destino y a buen resguardo. Me he reconciliado con la idea de procurarme ese placer que es para mi, aunque puede que lo sea para otros también. Lo más importante del viaje es, además del viaje mismo, la compañía. Siempre viajo con “la mala intención”, no ha estado mal, no es tan mala y no todo es pura intención, así que no me quejo. Puede que me esté volviendo un tipo cursi y me de vueltas –como lo diría Álvaro de Campos– por el ridículo, puede que sí, pero estoy contento con eso, a ver, contento y sonriente, tal vez no sea sino una “falsa fantasía” (diría un amigo), como muchas otras que he vivido, pero abrirme y entregarme a aprender lo que la vida me propone fue una invitación que no sabe de ensueños ni de ilusiones, ni de ideas, ni traumas del pasado.

 

No soy hermoso como para vestir de príncipe pero tengo una mesa azul. No soy tan siquiera histriónico para pasar por lobo, pero tengo un olfato feroz. No quiero compararme con nadie, ni con historias de hadas ni de brujas. No soy –tampoco– lo que quisiera, en cambio, soy esas cosas etéreas que pueden hacer llorar y sonreír a una persona, como la palabra, como el sonido, como la lectura, como la noche, como el cansancio, como la oscuridad, como el sabor, como el vino rojo, como los sueños, como la sal, como las hojas de los arboles, como los libros, como el desatino. Designios. Como los designios. Propongo no salir corriendo, podría perderme la merienda y la tarde cuando se va. Propongo respirar y sentir. Me gusta decir lo que siento, aunque en ocasiones puede que me duela o me arrepienta. A veces la vida nos trae regalos que son regalos de verdad, de esos que tienen lazos y nos sorprenden. Nunca me gustaron las sorpresas. Con mi actitud parca llegué a hacer daño a quienes tan amorosamente me querían sorprender. Pero ahora, estoy sorprendido con mi apertura a las sorpresas, las buenas y las malas. A veces me saturo de mi mismo, me imagino cómo quedarán los que están a mi alrededor, que pena. Quiero seguir el camino y probar, sentir cada sabor en mi boca, cada bocado, cada ingrediente. Eso quiero.

 

–Toma, este es tu regalo de cumpleaños
–¿qué es? No veo nada más que mi propio manuscrito
–te regalo el entendimiento, el propósito y la voluntad, es lo que veo en tu letra, tu manera de apoyar el lápiz sobre el papel.
–oh! esas dos palabras “lápiz y papel”
–esas dos y otras tres
–quedarme, es mi propósito y gracias a que lo entiendo tengo la voluntad de hacerlo.

 

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Showing 6 comments
  • elsa zapata

    me encanta la propuesta, suerte y exito

    • Pocho

      🙂

      Gracias!!!

  • Sila

    Tu nombras a Ceratti y yo te leo escuchando Erik Satie…
    Gracias por sorprenderme!
    Sonriamos Pocho Garcés…
    kissyoursoul

  • Cristina

    A propósito de su visita a Ciudad Bolívar, paré a leer su blog, profundo y sensato: “…A necesidad. A búsqueda. A exploración. A método científico. A confirmación de vida…” . ¡Es la constante que nos mueve a muchos! Saludos, seguiré leyéndole.

    • Pocho

      Gracias por el tiempo de lectura.

  • Daniela

    Encontrándome, gratamente, en varias de las oraciones que componen los designios de esta vida. ¡Saludos!

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