Sobre errar, el castigo y las oportunidades

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Como si anduviera buscando (sin querer nada más que agua para sobrevivir) un buen día llegué a un bar. Uno de esos bares de carretera en los que sólo habría entrado en casos de una emergencia de muerte o porque de no entrar me habría cagado los pantalones aunque me produjera lo mismo el sólo pensar entrar. Como andaba acompañado, pasé las puertas confiando. Me parecía escuchar a Glen Miller con su clásico “In the Mood”, pero era Miguel Ríos enviándome una señal. Allí ocurrió el milagro. La vi a ella. Pensé que era la mujer que se había escapado en la cabina de un camión. Era perfecta. De su piel salía una luz espectral que encandilaba, embrujaba, domaba cualquier fiera, burlaba los fantasmas de mi vida y espantaba todo rastro de tristeza.

Quise tocarla y sin advertencia me besó los labios. Desde entonces vivo.

Pero toda vida propone una muerte. Según los grandes estudiosos y los profetas de Cohelo, es ley de vida. Yo no estoy tan seguro de ello. Ni creo en profecías ni en leyes ni en Paulo. El asunto es que dejó en mi boca, en esta pobre boca, un sabor que jamás había tenido, un néctar único. No se parece a nada. Es nuevo. Delicioso. Intenso y delicado a la vez. Un sabor aromático y energético. Un sabor lleno de tantas dudas como posibilidades. Herbáceo. Alquímico. Arquetípico. Sonoro. Táctil. Burlesco. Pícaro. Humano. Errático. Gráfico. Oculto. Sensible. Fotográfico.

Desperté abruptamente por la maldita corneta de los carros de las seis de la mañana. Era la primera vez que me levantaba de la cama con tanta frustración. Era un sueño. Maldije tanto como perdón he pedido en mi vida. Eso me hizo reflexionar sobre cuánto me he equivocado. Es que maldije mucho. Así que corrí a darme una ducha, apurado, casi desesperado, lleno de energías, de ilusiones. Tenía ese sabor en mi lengua, como si hubiera sido real. Así que comencé a buscar la manera de reproducirlo. Escribí más de diez mil palabras tratando de describirlo. Fue inútil. Leí todos los libros de cocina buscando ingredientes en alguna receta que me condujera de nuevo a ese sueño. Pero no. Fui a todas las fruterías de la ciudad, los mercados, los puestos de calle, los vendedores clandestinos, los productores y no había señales de que pudiera llegar a ese sabor que  no se borró ni de mi memoria ni de mis ilusiones.

Fui a la cocina, ensayé más de cien veces un plato que, por más que lo intentaba, no lograba reproducir todas las emociones y sensaciones de aquel sueño. Llegué a replicar la textura, otras veces la calidez, por momentos me parecía dar con el aroma. Incluso llegué a evocar, con el sabor, aquel momento. Fueron meses de ensayo y –como no– error. Para mi fortuna (y haciendo uso de mi falsa modestia) no soy perfecto. Pero confieso que cada vez quería hacerlo mejor, fui perfeccionando el corte, luego los términos de cocción, la técnica, los procesos, el tratamiento de los productos, la dedicación, el amor con el que lo hice.

Pero siempre cometo un error.

Siempre. Coloco algún ingrediente que, por pequeño que sea su aporte en color, forma, densidad, cantidad o textura, hace que todo lo demás sea –literalmente– una mierda. Y parece que eso es lo único que importa. No importan las risas, ni las canciones, ni lo investigado, ni la paciencia ni la buena voluntad, ni la disposición, ni el esfuerzo, ni el dinero que pagué de más al carnicero para que entregara la mejor pieza, ni la alegría de la verdurera que al fin vendió esas hierbas raras que nadie compra, ni la señora que me ayuda con la limpieza a quien le hice bailar de pura contentura, ni los orfebres que fabricaron perlas plateadas para engañar al mar, ni los cuentos leídos de manera infantil para alimentar la inocencia de lo primitivo, ni los taxistas que me contaron sus problemas mientras me traían de los mercados, ni las personas a quienes tropecé con una alegría tal que se contagiaban. No. Sólo importa ese error, el mismo que todos los demás humanos cometemos a diario, ese que no es susceptible de perdón, ese que no se tranza. Ese que es lapidariamente sentencial (no sé si esta palabra existe). Ese que supone un castigo doloroso. Un merecimiento tal vez. Una sentencia.

 

Hoy, por vez primera, terminé arrojando al cesto ese –creía yo– bodrio de plato con todo y vajilla. Incluí los cuchillos, la tabla, el aro de servir, la espátula, el pimentero, la sal, la miel de lavanda, mi pinza, el delantal y mi filipina. Entonces me quedé creyendo que no estoy a la altura de ese sabor, que me falta crecer para pretenderlo. No, no es cierto. Finalmente fue solamente un sueño. Nada ha sido real. Salvo mi esfuerzo y mis ganas ilusorias de –algún día– sentarme a disfrutar ese manjar de dioses. El asunto es que me quité los guantes y no por eso soy un boxeador indefenso, pues la mano limpia podría pegar más duro, aunque contra las reglas. Puedo ser tan frágil como fuerte, y vaya que soy fuerte. A mí no me amenaza –seriamente pues– cualquiera, no. Dicen que debes buscarte enemigos que estén a la altura del conflicto, como eso no se encuentra no tengo enemigos. Se mas por feo que por vago.

 

Entonces me pongo a pensar en el tiempo, en el odio, el whisky malo, los viajes, los amores, los amigos, los misterios, el silencio y las verdades que oculta, los vagones y los trenes, el sexo, los abrazos, los besos, los vinos de Alsacia, las promesas no cumplidas, las salas de cine en solitario, los engaños, las oficinas con hamacas, las casas con fantasma, la ley del hielo, los pianos, las canciones, las fotografías, los libros que jamás leo, los regalos, las ganas, los enigmas, los corazones turquesa, las hojas de menta, las berenjenas, las galletas de soda, los nísperos, el carpacho de salmón, los relojes que suenan, la indiferencia, el castigo, el gel de baño, los perfumes, los hoteles, el asiento de atrás de los coches, los beatos y las iglesias, las lámparas rotas, los besos de sótanos, las sonrisas verdaderas, los te amo, las cartas escritas y borradas, el pimentón, el zinfandel, los cordones que umbilican, la desnudez, las galletas de limón, los limones mágicos, el querer estar juntos, la compasión, los puentes (los que se cruzan y los caídos), las leyes del hombre, la estupidez, las granadas de guerra y en el “nada es para siempre”. Hago el balance y tengo que –felizmente– tintar en azul.

 

Es que somos tan complejos. Los humanos, digo. El telencefalo altamente desarrollado y el pulgar oponible nos hacen diferentes a los demás mamíferos. Al menos eso dicen. Algunas veces somos inteligentes, otras viscerales, a ratos tercos, insistentes o pendejos. Pero somos humanos, la especie más desarrollada del planeta. Qué alivio.

 

Así que brindo por aprender a vivir, mejorar la técnica, tratar con amor los ingredientes, cortar con más pasión y limpieza, aunque el plato termine no siendo lo que esperaban. A veces es cuestión de ser, más que humanos, flexibles y entender que, de seguro, ese platillo es único, es delicioso, relevante, está hecho con amor  y, lo mejor,  alimenta mucho más que cualquier otro.  Por eso no me rindo, aunque me quite la máscara y cuelgue mis guantes.

 

PD. (no es verdad que tiré a la basura mi filipina ni mi cuchillo, tal vez exista otra oportunidad).

 

Foto: las viejas vias del tren.
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Comments
  • Luisana

    Bello Garcés. Como siempre. En tus letras, el sentir de unos cuantos. Con todos tus aderezos.

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