Tengo el Nobel de su voz. Escribo porque me gusta.

hombre-escribiendo-de-picasso

Cuando yo era pequeño de edad, supe que mi padre –medico de profesión- era un escritor invaluablemente bueno, amen de su propia medicina. Él solía escribir cosas en papeles que dejaba entre hojas de libros, en servilletas, en los periódicos, en los récipes, en las carpetas de Manila.

Teníamos una rutina, yo debía leerle los titulares del diario y el me explicaba que quería decir la noticia.

Luego yo preguntaba por las palabras que no conocía (casi todas) y él daba su explicación con mucha naturalidad. Eso me hacía llegar al colegio y ponerme a escribir en las últimas hojas de mis cuadernos de clase, de atrás hacia delante, en uno y otro cuaderno. Siempre fui celoso con lo que escribí, pero debía mostrarle a mi padre esas líneas, pues no sabia si usaba bien las palabras que recién había descubierto.

Mi papá leía, sonreía y me respondía -y sorprendía- leyéndome uno de los suyos. Abría su billetera y sacaba una suerte de pergamino miniatura -escrito en una servilleta millonesimamente doblada- con la clara huella en sus bordes de haberse leído unas tantas veces. Él podía hacer aparecer en su bolsillo de camisa unas líneas mágicas, como sacadas de una chistera! Mis ojos de luna llena hacían sonar las campanas y estrellas cada vez que me leía. Sus ojos brillaban, le deba tal entonación a la lectura que me dejaba en medio de la fantasía y la realidad de lo que decía.

Entonces comencé a leer cosas mas largas y me ocupe en escribir cosas mas largas y le pedía a él que por favor las leyera. De su voz de flauta yo rehacía la historia, sabía la verdad, la mentira, la traición, la honestidad o la banalidad tras mis letras.

Nunca paré de escribir, jamás dejé de plasmar una sola letra, por molesta que pareciera, porque sabia que si eran leídas por él, siempre sonaría a historia viva.

Tengo el Nobel de su voz y con eso basta.

De mi padre aprendí a escribirlo todo, las ideas, los proyectos, los sueños, la agenda del día, los cumpleaños, las recetas. Por eso escribo, porque me gusta, porque es como mi idioma. Prefiero escribir que hablar, borrar que callar. Escribir es la conexión más directa con mi viejo, como bien lo diría el católico: es mi oración, es mi sacramento, mi eucaristía, mi extrema unción y aunque no me dedico a esto, a la escritura, la disfruto como cada platillo en mi boca, o cada preparación en mi estufa, como cada melodía, cada luna en las alturas y bajuras, cada encuentro.

En este sentido, comprendo la paz, entiendo lo que ocurre en tranquilidad y con ella. Ese aliento de sonrisa es serenidad. Pero sufro la guerra, descubro la batalla con el tiempo pasado, armo la pelea con los verbos subjuntivos y sus modos, con los pretéritos perfectos porque me cuestan los laicos participios irregulares. Escribo y lucho, leo y evoco, reescribo y sonrío, releo y lloro y sigo escribiendo.

Vivo con las letras en mi piel, algunas veces con tinta, otras con voces, otras tantas con lenguas. ¡Por eso estoy aquí! Porque respiro y toco, cocino, canto y escribo.

Buenas noches, pues tengo lo que busco: Las noches, las buenas, la guerra y la paz.

A propósito del aniversario de su nacimiento

OBRA: HOMBRE ESCRIBIENDO. PABLO PICASSO

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *