Vino, cerveza, encuentros, desencuentros y reencuentros

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Cuando me senté a escribir el cuento de cómo me encontré con la cerveza para publicarlo en mi anterior blog, sentí algo extraño. No dejaba de pensar en el vino, sobre todo porque en esos días estaba trabajando con el vino, conviviendo con él, respirándolo muy de cerca y viviendo cada copa. Lo cierto es que me produjo algo así como una suerte de “cargo de conciencia”  por estar centrado en las burbujas, los tostados, amargos, dulzores, colores y espuma de la cerveza (seducido por la industria artesanal) en lugar de pensar en los polifenoles, la sensación tanínica, la madera y otras banalidades del vino (es ironía). 

Nací en Venezuela, un país –básicamente– cervecero. A grandes rasgos es un país conducido por la cerveza en un estrato social y por el whisky en otro. Y aunque producimos excelentes rones y producimos vino, lo que -por lo general- conocemos prematuramente en nuestros hogares es la cerveza. Es muy popular, y los productores de Cerveza están apoderados del mercado de consumo masivo de ella, lideran el manejo eficiente del marketing y se adueñaron de los puntos de venta. No hay local de expendio de licores que no esté ambientado (en fachadas, enfriadores y pósters) con alguna de las marcas del mercado cervecero. En realidad, y es mi opinión, nuestro mercado no distingue liderazgo de consumo. La cerveza se vende TODA. Las marcas luchan por un liderazgo -mas bien- intangible. No necesitan luchar por ventas, pues hasta las más nuevas llegan a un mercado sediento y ávido de nuevos sabores.

Todas las marcas cerveceras tienen una línea de malta sin alcohol, dirigida a los niños y deportistas, y por regulaciones de ley sobre publicidad de bebidas alcohólicas, no se hace publicidad directa de Cerveza, sino que se publicita la malta sin alcohol, así que la vemos en vallas, supermarkets, estadios, uniformes de deportes, cuadernos estudiantiles, mochilas, camiones, viandas, listas de precio, menuboards y quién sabe cuantas cosas más. Así que, en medio de esta saturación es tan fácil -como difícil- sentirse atraído por el vino. En mi caso fue sencillo.

Soy hijo de un médico que se diplomó en Córdoba, Argentina. Durante sus años en el sur aprendió mucho de sus costumbres enogastronómicas. Mi madre, cuando cocina tomando vino sonríe como nunca. Mi papá fue un hombre entregado a la cultura y que se dedicó a vivir bien, a sentir mejor, al disfrute y al servicio de los demás. Él vino, fue parte de eso y se marchó.

“El vino” –a decir verdad– ha sido parte importante de muchas cosas en mi familia, aunque somos principalmente roneros y cocuyeros (es posible que en otra entrega hable del cocuy y del ron), pero nunca faltó ocasión de tomar un buen vino.

Mi primer recuerdo vinícola de infancia son las garrafas de Moscatel y la gran variedad de espumantes. Pero son recuerdos de “vinos”, no es mi experiencia con ellos hasta que probé mi primer vino. Un Riesling de Alsacia. Ese sabor quedó tatuado en mis sentidos. No recuerdo la marca ni la botella. Sólo conservo esto: “Alsace Grand Cru Riesling”. Estos son vinos maravillosos que pueden ser muy secos, semisecos o dulces. Son una verdadera delicia. Según entiendo, se producen a partir de una uva –la uva riesling– que es de muy buena acidéz (específicamente las de Alsacia, porque las características varían dependiendo de la zona donde se produzca)  y tradicionalmente es un vino que se elabora con azúcar residual. Estos vinos pueden tener aromas muy especiados o muy frutales, o ambos. Yo recuerdo olor a manzanas o a piel de limón, tal vez a piña, quizás un poco a humo, sin embargo no estoy seguro de lo que digo. Estos recuerdos son de mis 14 años, y yo podría estar describiendo un recuerdo ya distorsionado por la experiencia. Pero en cualquier caso el encuentro con ese vino me marcó. Tanto me tatuó, que cada vez que se descorchaba un vino en casa, yo quería probarlo, buscaba aquel sabor, el del Riesling, pero ninguno se parecía.

Por eso me decepcioné tantas veces. Por eso nos desencontramos el vino y yo.

Al pasar los años, llegados mis veintitantos, descubrí los vinos licorosos. Conocí el Oporto, el Jerez y el Vermouth. Ya comprendía un poco el tema de las cepas. Así que dejé de buscar en los tintos a un Riesling, ningún tinto tiene este sabor -pensaba ingenuamente-.

Ningún vino es igual a otro. Influyen mil cosas: el terruño, la cosecha, el tipo de barrica, el tipo de crianza, la cepa, el clima, el proceso, la marca, con quién estemos cuando lo bebamos, nuestra disposición a probarlos.

¿Qué me quedó de enseñanza con esto? Que los vinos se conocen uno a uno. Cepa por cepa. Cosecha a cosecha. Marca por marca. Bebiéndolo. Disfrutándolo, aceptándolo, rechazándolo.

Tomen una botella de vino y bébanla. No desprecien otros vinos si éste no les gustó. Recuerden que los vinos son muy diferente entre ellos. La experiencia les dirá cómo. Mi encuentro con los vinos trajo también muchos desencuentros. Mi desencuentro con los vinos me llevó a la cerveza, el desencuentro con ella, me llevó al ron y mi propia crianza al cocuy.

Hoy celebro los encuentros, esos que –como el vino- quedan tatuados en tu sienes, esos que –como el pigmento- corren por tus venas o se hacen tu clorofila sanguínea, aquellos que –como las sonrisas– te iluminan desde adentro y se vuelven tu sol interior. Celebro los desencuentros que han generado dolor, desilusión y finalmente nuevas situaciones y lecciones en mi vida. Celebro los reencuentros, esos que no sabia que eran posible, esos que ni siquiera sabía que existían.

Bienaventurados los que pueden elegir el color de su copa, pues de ellos será el reino del paladar multicolor.

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Showing 2 comments
  • Giò

    Primera vez que leo este blog… Agradable lectura, gracias por compartirlo. Salud!

    • Pocho

      Gracias a ti por leer! Salud!!!

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