Yo vine a ofrecer mi corazón

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Desde que decidí comenzar a escribir, y de esto ya hace mas de quince años, me he preguntado ¿para qué escribir?, pues tengo claro el por qué. Yo escribo porque me resulta delicioso hacerlo, me atrapa ese momento, y no soy un profesional de la escritura, ni siquiera sueño con serlo, solamente lo hago, pero me he preguntado muchas veces ¿para qué?

 

Hay millones de razones por las cuales escribir. Yo, por ejemplo, comencé destrozando cartas de amor de otros. Mis amigos me traían sus cartas hechas y yo las reacomodaba, les daba un sentido –creía yo– mas poético, como a mi me sonara mejor. Eso lo hice por varios meses, seguramente años, pero entendí que eso estaba mal, pues una de las cosas que mas les gustaba a sus novias eran, precisamente, sus cartas de amor. Luego empecé a escribir las mías propias, quise decir a entregarlas pues, yo llevaba años escribiéndolas y guardándolas, hasta que me topé con varios hechos de mi vida aparentemente aislados y coincidentemente simultáneos.


Uno de ellos fue mi llegada abrupta a un colegio que quedaba en mi calle, la misma calle que a diario caminaba para llegar a mi casa, y jamás supe de el. Allí conocí a tres personas muy especiales, decisivamente importantes para mi. Mariela, que ya era una gran escritora, intensamente critica y dulce, amablemente hermosa y maternalmente encantadora, quien me abrió las puertas de su conocimiento y se convirtió en mi guía, en mi principal fuente de información literaria, en mi espejo y aprendí a mirarme de reojo. Matilde, de quien aprendí los colores, y entendí las palabras, tenia una visión de vida tan increíblemente avanzada, que rápidamente se convirtió en mi fuente de inspiración, en mi otro espejo y aprendí a mirarme de revés. Adelaida, que fue como conocer a Sabina, a quien ya había escuchado, pero no lo había leído, me dejó ver las paradojas de la vida, las deliciosas redundancias, las cartas de amor más inoportunas y las irreverencias del dolor. En ese colegio, con esa gente, me hice músico, me hice diseñador, me hice soñador, y me hice escritor, aún sin escribir.

 

En esa misma época, ocurrió otra cosa, vi de primera fila el montaje “para no sentirme tan solo” de “la carátula de España” en uno de esos festivales de narración oral que se hacen en mi ciudad, y en un solo instante supe el dolor mas triste, supe las vísceras, entendí las cuatro estaciones y me prendí del invierno, odie los veranos anteriores y reviví. Pase días analizando esa presentación, meses reviviéndola, años recordándola “para no verlo tan vacío, para no sentirme tan solo” .

 

Otro hecho curioso fue reencontrarme con la alegre rebeldía, con mi ascendencia, con la flor de la palabra, esa que vino desde el fondo de la historia y de la tierra, con la dignidad insurrecta y me hice militante de la justicia. Aprendí lo que tenemos para dar, lo que se nos ha quitado, lo que hemos mezquinado. Me hice conocedor de los cambios, de la inequidad, de vivir entre dos mundos, de contar con las palabras y con los dedos. Me entere de las ganas de hacer.Entonces empecé entregar mis cartas de amor.

 

Aquí estoy, y vine a ofrecer mi corazón, asi, con manías, con guitarras, plumas, papeles, pinceles, cuchillos, anteojos, pianos, revistas, maquinas, trampas, embrujos, silencios, caínes, abeles, evas, adanes, florencias, misterios, enredos, laureles, cines, espinas, curitas, fusiles, dianas y glorias.

 

Y hoy entiendo que para eso escribo, para darlo todo en esas letras, lo que tengo, lo que adeudo, lo que ya comprometí, lo que quiero y lo que vendrá, con y sin notas musicales.

 

Obra: Autorretrato desplegándose en tres o Arlequín
Autor: Salvador Dalí

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